Humanidad y progresismo musical

¿Progresismo y jazz son sinónimos?

De la lectura de “But beautiful: a book about jazz”  de Geoff Dyer, extrapolo dos ideas fuerza: por un lado las dos caras del ser humano; miseria y capacidad para maravillar y, por otro, la paradoja de que lo tradicional y lo progresista vienen a ser lo mismo para el aficionado al jazz.

La música, al menos la de calidad, procede de las vivencias, y son especialmente fructíferas las que ocurren en momentos de sufrimiento, brotan mejores melodías. No solo los boleros se nutren de historias desafortunadas.
El jazz anterior a los 70 está plagado de músicos capaces de construir pirámides de belleza musical, mientras sus vidas personales eran muy desgraciadas y miserables. Quizá sea porque los seres humanos no pueden crear maravillas sin cargar con un alto coste personal.

Los músicos de Jazz de antes se pasaban tocando noche tras noche sin parar, forzados por las escasas condiciones materiales de las que disponían. Ese ritmo de trabajo les llevaba a un estado de creatividad brutal, no sin desgaste. Chet Baker parecía un señor muy mayor cuando falleció a los 58 años.

El directo en otros tiempos del jazz era el estado natural y las exigencias creativas eran muy elevadas. Si no eras rompedor no te tenían por buen músico y si no que se lo digan a Paul Desmond, que al ser contemporáneo de Charlie Parker fue eclipsado por el sonido revolucionario de este. Salvo el éxito comercial con el cuarteto de Brubeck “Take five” no fue considerado como se merecía.

Coleman Hawkins, quién convirtiera el saxo tenor en un instrumento de jazz, o Lester Young, uno de los máximos responsables del sonido del saxo tenor moderno post Hawkins, tuvieron sendos problemas con el alcohol. Lester murió en soledad en el hotel Alvin de la calle 52 de New York.

El director de orquesta Stan Kenton llegó a decir: ” Creo que tal vez hoy la raza humana esté pasando por cosas que nunca había experimentado, tipos de frustración nerviosa y desarrollo emocional truncado que la música tradicional es absolutamente incapaz no solo de satisfacer, sino de expresar. Por eso creo que el jazz es la nueva música, que apareció justo a tiempo”.

El pianista Bud Powell, que alcanzó unas cotas increíbles de precisión con su instrumento, pocas veces se pudo desprender de las malas consecuencias acaecidas por sus trastornos psicológicos.

La discriminación racial generalizada hacia los músicos negros procedentes de orígenes desfavorecidos, los malos tratos policiales en casos como los de Art Blakey, Miles Davis o Bud Powell, adicciones a la heroína que en algunos casos les llevarían camino de la cárcel y hospitales psiquiátricos, etc todo ello acortaría sus vidas.

John Coltrane, Charlie Parker, Lee Morgan, Sonny Criss, Oscar Pettiford, Eric Dolphy, Fats Navarro, Booker Little o Jimmy Blanton son solo algunos de la multitud de casos de músicos que no alcanzaron los 40 años de edad.

En el segundo aspecto de la introducción, el que tiene que ver con la conexión entre tradición y modernidad en el jazz, Geoff Dyer me lleva a una reflexión.

Sobre el hecho de que la innovación, la creatividad, la búsqueda continua de nuevas construcciones musicales son consustanciales al jazz.  Curiosamente, a menudo hoy día los músicos utilizan como punto de partida algún standard clásico para avanzar en sus lecturas propias y el buen músico consigue encontrarse a si mismo a partir de los clásicos.

Podemos oir a Bill Evans o a Bud Powell a través de Keith Jarrett, a Bix Beiderbecke a través de Miles Davis, a John Coltrane, Louis Armstrong, Lester Young, Coleman Hawkins, etc en muchos temas de jazz de la actualidad.

Porque en realidad nuestra devoción por los maestros “clásicos” lo es a su capacidad para romper protocolos, para diferenciarse de lo anterior, para improvisar durante horas y, en definitiva, para seguir avanzando y progresando en la búsqueda de sonidos que hacen al jazz un género que mantiene la frescura del primer día y el antídoto contra el paso del tiempo.


© Texto: E. Moreno

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